Cosmoprecariedad
La cosmoprecariedad se escribe desde esos lugares donde el progreso es una promesa infinita reflejo de la fantasía de la sociedad occidental.
Como humanos hemos creado nuestro propio infierno.
Vivimos dentro del colapso de un mundo mal ensamblado.
La cosmoprecariedad no es solo falta de recursos.
Es en donde la imaginación resuelve problemas.
Es una condición que distorsiona el tiempo. El futuro llega tarde, en partes o usado.
En veces no llega.
El pasado, en cambio, se insiste como interferencia.
Aquí la tecnología no emancipa: parcha.
Los sistemas no fallan de vez en vez: funcionan fallando.
Los archivos están glitcheados.
Los relatos se entrecortan.
Estamos fuera del centro.
Por eso remendamos y reinterpretamos.
En la especulación resistimos pensando que las fallas se pueden presumir.
Asumimos el riesgo.
La cosmoprecariedad se escribe desde esos lugares donde el progreso es una promesa infinita reflejo de la fantasía de la sociedad occidental.
Desde esos lugares comunitarios donde el presente se sostiene con hilazas y mecates.
Con las técnicas milenarias que se creían muertas
Donde se remienda con hilos de memoria oral, con altares multicolor y muchas calacas.
No creemos en el show de la catástrofe espectacular. Del blockbuster.
Creemos en la persistencia del defecto general.
Y desde el error desafiamos el horror.
Desde el rezago y la copia maltrecha sabemos que la vida común continúa vibrante.
Piratería como protesta y estilo de vida.
Pensar desde la cosmoprecariedad impuesta no es romantizar la carencia.
Es negar esa fantasía de la totalidad.
Es negar el furor de un mundo occidental obsesionado con la ontología tecnológica.
Es aceptar que el mundo no es un sistema cerrado sino un ensamblaje inestable de fuerzas, deseos, restos y supervivencias.
No se busca ordenar el caos.
Se busca escuchar el ruido destartalado de la máquina.
Meter clavo y alambre donde va una tuerca.
Leer lo que quedó afuera.
Pensar en la falla.
Porque si el mundo nunca ha estado completo, entonces puede ser hackeado.


